"EL SABER SE DEBE TANTO AL INGENIO COMO AL GUSTO."









jueves, 1 de septiembre de 2016

MARCAPÁGINAS XV - VERANO

Una persona que no lee, no tiene ninguna ventaja sobre aquel que no sabe leer. 
Mark Twain.


En verano, el número de lectores de la biblioteca de mi pueblo es mayor al habitual, muchos volvemos a refrescarnos - por decirlo de alguna manera, porque este año el calor ha sido intenso- con las lecturas que Isabel nos tiene preparadas, es por eso por lo que me resulta más difícil leer au choix, y leo lo  que me van devolviendo los lectores que  han llegado antes que yo y queda disponible en la estantería de las novedades. Esto me permite leer autores que no tenía previsto leer, en una gran mayoría de los casos, porque no los conozco.
El primero de la lista de este año ha sido el argentino Eduardo Sacheri  con  La noche de la Usina, Premio Alfaguara de novela 2016, una historia de gente corriente que idean una venganza colectiva cuando se dan cuenta de que han sido estafados. Son los años de la gran crisis en Argentina que desembocará en el Corralito. Una lectura, para mi gusto, un poco densa; hay que darse tiempo  hasta acostumbrarse a la cadencia de este escritor argentino que reproduce de maravilla el español singular de este país sudamericano.

Al devolver la novela, me encontré con  La casa redonda (2013) de Louise Erdrich, de quien hace mucho tiempo había leído Plaga de palomas (2010), cuando todavía no tenía tanto éxito ni había ganado los premios que le han hecho más famosa. Erdrich es una escritora india y sus historias se sitúan en las reservas indias de los Estados Unidos, lo que le dan ese toque singular. A pesar de que cuando leí su primer libro, su manera de narrar no me acabó de seducir, he vuelto a leer a esta autora porque hablaron de ella con gran entusiasmo en una conferencia a la que asistí, por lo que me he dado otra oportunidad y, aunque me ha gustado más esta historia cuyos protagonistas son unos jóvenes que se toman la justicia por su mano; sigo sin hacerme a esta manera de narrar de los escritores americanos en la que priorizan los detalles que envuelven a los acontecimientos al presentar hasta los más livianos pormenores, con lo que consiguen que las historias llenan páginas y páginas con elementos de poco transcendencia para la anécdota narrativa.
Después elegí, de Juan José Millás, Desde la sombra (2016), historia que, al principio, parece inverosímil - alguien que se esconde en el armario de tu casa como si fuera un fantasma-, pero que poco a poco, el autor consigue que nos metamos dentro de ella y no nos resulte tan imposible como parecía en un primer momento. Interesante.

Como no me acaba de decidir por las novelas que iban devolviendo, recordé que tenía pendiente leer algo  de Richard Ford. En su día dejé pasar Canada (2013) porque no me encuentro del todo cómoda con los autores americanos pero, como este año le han otorgado el Premio Princesa de Asturias, pensé que era una buena excusa para leer alguna de sus novelas y me decidí por Canada. Aunque reconocí este estilo propio de los escritores de Estados Unidos enseguida, tengo que decir que su prosa es mucho más depurada que la de Erdrich, por ejemplo, Ford es otra cosa.

Después, volví de nuevo a autores nacionales y me encontré, de casualidad, con El balcón en invierno de Luis Landero. Sólo se me ocurren bondades para este libro. Landero hace de una novela de tildes autobiográficas, una experiencia universal que tiene como hilo conductor la lectura y el oficio de escritor. Empecé señalando muchas  de las frases que leía o porque me chocaban o porque las compartía pero, al final desistí, todo el libro es para subrayarlo. También me hizo gracia reconocer el pasaje en el que cuenta porqué le gusta leer en papel, las sensaciones que le  produce y los recuerdos que se le representan.
A Landero, le siguió Julio Llamazares, Distintas formas de mirar el agua, una novela coral en la que, a través de monólogos interiores, cada miembro de una familia recuerda la figura del patriarca y su vínculo inalterable con su pueblo que quedó sumergido por las aguas de un pantano. Los elementos autobiográficos se reconocen en esta novela, rasgo que no es infrecuente en las novelas de este autor leonés.

A la espera de alguna novedad que entrara, cambié completamente de época y género y leí Noche de Reyes de Willians Shakespeare, una obra a la que nosotros denominaríamos de capa y espada pero, al ser de Shakespeare, diremos  que es una de sus comedias románticas. Tal vez, una de sus mejores comedias, ¡aunque es tan difícil decidir cuál es lo mejor de entre lo siempre bueno! 

Después, Isabel me comentó que estaba teniendo mucho éxito entre sus lectores Pierre Lemaitre por sus novelas polar. De Lemaitre, había leído Au revoir là-haut, premio Goncour 2013, pero no había leído ninguna de sus novelas policíacas, que tantos premios le han proporcionado. Isabel me dijo que había escrito una tetralogía protagonizada por el comandante Camille Verhoeven y que los tenía los cuatro pero que, en ese momento, sólo estaba disponible Rosy & John. Seguí su consejo y me lo quedé porque me aseguró que eran historias independientes. Rosy & John es una historia ligera.

Al terminarla, ya habían devuelto Camille. Me la llevé con La oculta de Héctor Abad Faciolince, autor colombiano del que Mario Vargas Llosa y otros autores de prestigio hablan muy bien y creo que con razón. La oculta es una historia lenta, rica en matices emocionales que cuenta  la relación que mantienen tres hermanos con esta hacienda familiar, lo que para cada uno  de ellos significa  y representa según las experiencias que allí vivieron. 
Como he podido darme cuenta después, Distintas formas de mirar el agua y La oculta son novelas que tienen aspectos narrativos comunes: el tema de cómo afecta el progreso en el mundo rural; la polifonía de narradores; los monólogos interiores que caracterizan a los personajes y nos ayudan a entender sus posturas encontradas, en muchos casos, en torno al pueblo o la hacienda; que la historia se cuenta como consecuencia de la pérdida de una persona mayor que era el pilar de la familia: el abuelo, en el primer caso, la abuela en el segundo.

 Añadir que Camille de Pierre Lemaitre cierra la tetralogía, que es entretenida, se lee bien y rápido.

Como colofón a estas lecturas veraniegas, El castillo de Gripsholm: una historia de verano, de Kurt Tucholsky. Ha sido el libro de mis desplazamientos, lo he llevado a todos los sitios, es muy manejable. Un relato a lo belle époque con momentos de humor delicado que desemboca en una triste historia. Tucholsky me ha parecido interesante, un escritor moderno para su época. Me imagino que tuvo que chocar bastante su forma contenida de narrar y la forma de abordar la historia ya desde el principio de la novela, se tiene la impresión de que hay un segundo plano que no aparece de forma explicita. Tal vez sea esta razón por la que no fue apreciado por los nazis y estuvo olvidado en Alemania durante todos estos años. 

Estos son los libros que he leído este verano. Hay un poco de todo, muy diferentes, como suele ser habitual en esta época. De entre todos, mi preferido ha sido el de Landero.
Ahora, estoy pensando en los libros  que leeré este otoño. Algunos son libros que rescataré de mis estanterías y que se han hecho presentes al regresar de vacaciones. Lo que tienen en común es que son bastante gordos, a ver si consigo leerlos todos y los que lleguen.






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