"EL SABER SE DEBE TANTO AL INGENIO COMO AL GUSTO."









Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de marzo de 2025

ALEJANDRO BAUZÀ BARDELLI - YA NO PIENSAS EN MÍ

 Ha sido esta mañana, mientras escribías: has levantado la mirada de la pantalla y te has dado cuenta de que ya no piensas en mí. No has sabido recordar cuándo dejaste de hacerlo pero lo cierto, mi amor, es que has hecho lo posible por olvidarme.

Afuera llovía. Las gotas se estrellaban como pájaros ciegos contra el vidrio y luego, lentamente, lloraban hasta el alféizar. Siempre decías que te gustaban los días de lluvia, el halo azufre de las nubes, su oscuridad luminosa, la pureza de los colores sobre un escenario gris. Te reconfortaba  sentirte resguardado mientras el mundo se acurruca bajo las cornisas y los charcos reflejan el cielo y los neumáticos sisean sobre el asfalto mojado.

Sobre tu escritorio hay una vieja fotografía mal enmarcada que encierra un fantasma cuya sonrisa ya no reconoces, que te mira con ojos de icono bizantino, con unos ojos que ya no son los míos. Buscaste mi cara adentro, en las circunvoluciones y cisuras de tu cerebro, pero allí no me encontraste más que bajo la forma de un esbozo desdibujado. Entonces dejaste de mirar esa fotografía: te dolía mirarla.

Saliste a la calle, el frío te mordió los pómulos mientras la lluvia repiqueteaba sobre la negra cúpula que te abriga como una furiosa bandada de gorriones. Nada te queda de mi voz, solo el esqueleto marchito de unas palabras casi olvidadas. Las cenizas, te dijiste, las cenizas de un montón de huesos abandonados.

Ya casi no me recuerdas. Me duele, me alegro. Lo prefiero a tu dolor, a ver cómo te consumes, cómo te apagas. Te lo ruego, te lo ordeno: déjame marchar con la lluvia, deslizarme calle abajo hacia el sumidero de tu olvido.

Cae la noche, afuera ya no llueve. El reflejo pálido de las farolas se refleja sobre los adoquines, las avenidas están vacías como una falsa promesa. Tecleas, el ritmo quebrado de las letras naciendo se mezcla con el rumor lejano de un coche surcando el suelo empapado, miras por la ventana y ves enmarcada en una ventana remota a una mujer que plancha cansada. Luego te sumerges de nuevo en los pliegues rosados que se arremolinan en el cofre óseo de tu cráneo y escribes, otra vez, como un submarino a la deriva mientras desde tu escritorio mi fantasma de ojos bizantinos ya no te mira y yo, por fin, me desvanezco.


Àlex Bauzà Bardelli

alexbauza@gmail.com

domingo, 28 de enero de 2024

EDUARDO GALEANO - LOS NADIES

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.


sábado, 11 de febrero de 2023

El sapo Kuartam se transforma en tigre (leyenda shuar)

Un shuar iba de cacería e incrédulo imitó el canto del sapo Kuartam, que vive en los árboles. "Kuartam-tan, Kuartam-tan", lo retó en medio de la noche, pero nada pasó. “Kuartam-tan, Kuartam-tan, a ver si me comes", dijo y rió. No lo hagas, le había dicho su mujer, porque puede transformarse en un tigre. No le creyó. Kuartam, el sapo, se convirtió en felino y lo comió. Nada se escuchó de su ataque, pero la mitad del cuerpo del shuar había desaparecido. Al alba, la muchacha decidió matar a Kuartam. Llegó hasta el árbol donde el batracio cantó la noche anterior. Tumbó el árbol que al caer mató a Kuartam, que se había convertido en un sapo con un estómago inmenso. La mujer cortó rápidamente la panza de Kuartam y los pedazos del shuar rodaron por los suelos. La venganza no le devolvió la vida al shuar pero su mujer pudo contar que nunca es bueno imitar a Kuartam. A lo lejos de la tupida floresta se escuchó un nuevo: "kuartam-tan, kuartam-tan", sin saber si era un sapo o un shuar a la espera de un tigre.

 (http://ecuadorleyendas.homestead.com/sapokuartam.html

sábado, 10 de agosto de 2019

AUGUSTO MONTERROSO - La palabra mágica




Cómo acercarse a las fábulas



Con precaución, como a cualquier cosa pequeña. Pero sin miedo. Finalmente se descubrirá que ninguna fábula es dañina, excepto cuando alcanza a verse en ella alguna enseñanza. Esto es malo.

Si no fuera malo, el mundo se regiría por las fábulas de Esopo; pero en tal caso desaparecería todo lo que hace interesante el mundo, como los ricos, los prejuicios raciales, el color de la ropa interior y la guerra; y el mundo sería entonces muy aburrido, porque no habría heridos para las sillas de ruedas, ni pobres a quienes ayudar, ni negros para trabajar en los muelles, ni gente bonita para la revista Vogue.

Así, lo mejor es acercarse a las fábulas buscando de qué reír.

-Eso es. He ahí un libro de fábulas. Corre a comprarlo. No, mejor te lo regalo: verás, yo nunca me había reído tanto.




 La palabra mágica, México, Era, 1983.

martes, 1 de agosto de 2017

ENRIQUE MARISCAL

 ENRIQUE MARISCAL
 (Buenos Aires. 1934-2016)

Los agricultores trabajaban la tierra desde el alba en el verde valle y no padecían hambre. Llegada la noche, recuperaban fuerzas sin conocer el insomnio. Contaban historias sin tiempo a pesar de que no dominaban el latín ni el griego.

Los pastores conducían su rebaño sabiendo el nombre de cada cordero y cabra, no escribían de las trivialidades diarias, ni tampoco a nadie se le ocurría leer. […] Si veían a algún congénere iracundo, se preguntaban entre ellos por qué ese vecino podía tener tanto miedo, o bien consideraban que debían incrementar sus niveles de tolerancia porque era alguien con dificultades pasajeras para evacuar su intestino. Sabían que lo único que puede cambiar una persona es su forma de pensar y que cada vez que uno se enoja es porque intenta hacer con ello que el otro se sienta culpable. No concebían el significado de ese estado anímico que hoy se llama “estar agobiado”.



Enrique Mariscal, Cuentos para regalar a personas soñadoras.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

JORGE BUCAY


LAS RANITAS EN LA NATA



Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de nata.

Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espera como arenas movedizas.
Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.

Una de ellas dijo en voz alta: «No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril».

Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.

La otra rana, más persistente o quizá más tozuda se dijo: «¡No hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora».

Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas.

Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla.

Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo regresar a casa croando alegremente.

Jorge Bucay. (Buenos Aires, 30 de octubre de 1949)


martes, 18 de noviembre de 2014

MADAMA BUTTERFLY - BENJAMIN LACOMBE

“Si tocamos las alas de una mariposa, ya no podrá volar. Pero Pinkerton quiso que aquella mariposa fuese suya aun a costa de quebrarle las alas.
Es la trágica historia de amor y sacrificio más hermosa jamás contada. La narró Pierre Loti en un libro, «Madama Crisantemo», y Puccini la hizo inmortal en una de las óperas más célebres y conmovedoras de la historia: «Madama Butterfly».

El ilustrador francés Benjamin Lacombe (París, 1982) se ha atrevido a recrear la historia de esta ópera de Puccini,  en un bellísimo álbum ilustrado, publicado por Edelvives. Sus ilustraciones las podemos admirar  la preciosa exposición del Museo ABC de Madrid que permanecerá abierta desde  el viernes 21 de noviembre  hasta el 1 de marzo. 


miércoles, 9 de julio de 2014

GIBRÁN JALIL GIBRÁN

La zorra 

Una zorra miró su sombra al amanecer y se dijo:
-Hoy me comeré un  camello. 

Y pasó toda la mañana buscando camellos. Pero al mediodía volvió a mirar su sombra y se dijo: 
-Bueno..., creo que me conformaré con un ratón.


viernes, 21 de febrero de 2014

EDUARDO GALEANO - El libro de los abrazos

                     El mundo


Un hombre del pueblo Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
El mundo es eso- reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.


Eduardo Galeano, El libro de los abrazos. 

miércoles, 24 de julio de 2013

JULES RENARD

EL NIDO DE JILGUEROS


En una rama ahorquillada de nuestro cerezo había un nido de jilgueros bonito de ver, redondo, perfecto, de crines por fuera y de plumón por dentro, donde cuatro polluelos acababan de nacer. Le dije a mi padre:

-Me gustaría cogerlos para domesticarlos.

Mi padre me había explicado con frecuencia que es un crimen meter a los pájaros en una jaula. Pero, en esta ocasión, cansado sin duda de repetir lo mismo, no encontró nada que responderme.

Unos días más tarde le dije de nuevo:

-Si quiero, será fácil. En un primer momento pondré el nido en una jaula, colgaré la jaula en el cerezo y la madre alimentará a sus polluelos a través de los barrotes hasta que ya no la necesiten.

Mi padre no me dijo qué pensaba de este sistema.

Por lo tanto instalé el nido en una jaula, colgué la jaula en el cerezo, y lo que había previsto sucedió: los padres jilgueros, sin vacilar, traían a los pequeños sus picos llenos de orugas. Y mi padre, divertido como yo, observaba de lejos el ir y venir de los pájaros, su plumaje teñido de rojo sangre y de amarillo azufre.

Una tarde le dije:

-Los pequeños ya están bastante fuertes. Si estuvieran libres, volarían. Que pasen una última noche con su familia y mañana me los llevaré a la casa; los colgaré de mi ventana y no habrá en el mundo jilgueros mejor cuidados que éstos.

Mi padre no dijo lo contrario.

A la mañana siguiente, encontré la jaula vacía.




«Le nid de chardonnerets», Histoires naturelles, 1894

sábado, 5 de enero de 2013

AUGUSTO MONTERROSO


La mosca que soñaba que era un águila


Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.

En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

sábado, 17 de noviembre de 2012

HERMANN HESSE: La ejecución.


HERMANN HESSE.
Autor suizo de origen alemán.
50 años de su muerte ( 1877–1962)
Premio Nobel de Literatura en 1946.


La ejecución


En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.

-¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado -se preguntaban unos a otros los discípulos- para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore.

-Supongo que será un hereje -dijo el maestro con tristeza.

Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.
-Es un hereje -decía la gente muy indignada-. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce!
Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:

-¿Cómo lo adivinaste, maestro?

Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:
-No ha sido difícil. Si fuese un asesino o un bandolero o cualquier otra especie de criminal habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.





miércoles, 12 de octubre de 2011

AUGUSTO MONTERROSO



EL ECLIPSE


Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol.

Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

—Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.




Augusto MONTERROSO. Obras completas (y otros cuentos)



sábado, 1 de octubre de 2011

¿ÁGUILA O POLLO?


Érase una vez un hombre, que mientras caminaba por el bosque, encontró un aguilucho. Se lo llevó a su casa y lo puso en un corral, donde pronto aprendió a comer la misma comida que los pollos y a conducirse como estos.
Un día. un naturalista que pasaba por allí le preguntó al propietario por qué razón un águila, el rey de todas las aves y los pájaros, tenía que permanecer encerrada en el corral con los pollos.

- Como le he dado la misma comida que a los pollos y le he enseñado a ser pollo, nunca ha aprendido a volar- respondió el propietario-. Se conduce como los pollos, y por tanto, ya no es un águila.
-Sin embargo, insistió el naturalista, tiene corazón de águila y, con toda seguridad, se le puede enseñar a volar.

Después de discutir un poco más, los dos hombres convinieron en averiguar si era posible que el águila volara. El naturalista la tomó en sus brazos suavemente y le dijo: "Tú perteneces al cielo, no a la tierra. Abre las alas y vuela". El águila, sin embargo, estaba confusa no sabía qué era y, al ver a los pollos comiendo, saltó y se reunió con ellos de nuevo.

Sin desanimarse, al día siguiente, el naturalista llevó al águila al tejado de la casa y le animó diciéndole: "Eres un águila. Abre las alas y vuela". Pero el águila tenía miedo de su yo y del mundo desconocido y saltó una vez más en busca de la comida de los pollos.

El naturalista se levantó temprano al tercer día, sacó al águila del corral y la llevó a una montaña. Una vez allí, alzó al rey de las aves y le animó diciendo: "Eres un águila. Eres un águila y perteneces tanto al cielo como a la tierra. Ahora, abre las alas y vuela".

El águila miró alrededor, hacia el corral, y arriba, hacia el cielo. Pero siguió sin volar. Entonces, el naturalista la levantó directamente hacia el sol, el águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas y finalmente, con un grito triunfante, se  echó a volar alejándose en el cielo.




domingo, 7 de agosto de 2011

FERNANDO SAVATER (II)


Mientras está solo, Robinson se enfrenta a cuestiones técnicas, mecánicas, higiénicas, incluso científicas, si me apuras. De lo que se trata es de salvar la vida en un medio hostil y desconocido. Pero cuando encuentra la huella de Viernes en la arena de la playa empiezan sus problemas éticos. Ya no se trata solamente de sobrevivir, como una fiera o como una alcachofa, perdido en la naturaleza; ahora tiene que empezar a vivir humanamente, es decir, con otros o contra otros hombres, pero entre hombres. Lo que hace "humana" a la vida es el transcurrir en compañía de humanos, hablando con ellos, pactando y mintiendo, siendo respetado o traicionado, amando, haciendo proyectos y recordando el pasado, desafiándose, organizando juntos las cosas comunes, jugando, intercambiando símbolos ...

Fernando Savater, Ética para Amador.

martes, 12 de julio de 2011

FERNANDO SAVATER (I)


Robinson Crusoe pasea por una de las playas de la isla en la que una inoportuna tormenta con su correspondiente naufragio le ha confinado. Lleva su loro al hombro y se protege del sol gracias a la sombrilla fabricada con hojas de palmera que le  tiene justificadamente orgulloso de su habilidad. Piensa que, dadas las circunstancias, no puede decirse que se las haya arreglado del todo mal. Ahora tiene un refugio en el que guarecerse de las inclemencias del tiempo y del asalto de las fieras, sabe dónde conseguir alimento y bebida, tiene vestidos que le abriguen y que él mismo se ha hecho con elementos naturales de la isla, los dóciles servicios de un rebañito de cabras, etc. En fin, que sabe cómo arreglárselas para llevar más o menos su buena vida de náufrago solitario. Sigue paseando Robinson y está tan contento de sí mismo que por un momento le parece que no echa nada de menos. De pronto, se detiene con sobresalto. Allí, en la arena blanca, se dibuja una marca que va a revolucionar toda su pacífica existencia: la huella de un pie humano.
¿De quién será? ¿Amigo o enemigo? ¿Quizá un enemigo al que puede convertir en amigo? ¿Hombre o mujer?¿Cómo se entenderá con él o ella? ¿Qué trato le dará?



Fernando Savater. Ética para Amador.


martes, 8 de febrero de 2011

ÀLEX BAUZÀ


** Cortesía de Àlex Bauzà

HOTEL SELENIA


Mientras recorría el largo pasillo que llevaba a su habitación, el señor A. trató de recordar los muchos lugares que le habían acogido durante su vida, pues la suya había sido una vida nómada, instalada en un perpetuo desplazamiento de hotel en hotel, de habitación en habitación, de aeropuerto en aeropuerto. Cincuenta años viajando le habían brindado la ocasión dormir en pensiones porteñas y en suites parisinas, en albergues en Nairobi y en hostales en Coimbra.
El señor A. había vivido los hechos más relevantes de aquel medio siglo siempre en algún lugar de paso. Estando en Bogotá se enteró de que el muro de Gaza había caído, y oyó la noticia del atentado nuclear de Ankara mientras se hospedaba en un hotel berlinés. Sobrevolando Canadá asistió al final de la guerra civil china y fue en un televisor sirio donde vio al hombre pisando por primera vez la roja superficie de Marte. Pernoctando en Barcelona supo que había sido padre por segunda vez, y fue en un hotel moscovita donde leyó el correo que le decía que su hermano había muerto. En dos mil treinta y siete celebró su vigésimo aniversario de boda en Bolonia y a finales de ese mismo año se despidió de la única mujer a la que había amado en el vestíbulo de una torre de cristal en Shangai. El señor A. había pasado los días más felices durante un verano en los Alpes eslovenos y la noche más triste que podía recordar en un apartamento a orillas del lago de Constanza. A lo largo de sus muchos años viajando, había aprendido a hablar neoinglés y coreano, y a defenderse bien en indio, alemán y en hispano global, y aunque no era un amante de las lenguas sabía que todas tienen hermosas palabras que no pueden ser traducidas. Todo eso pudo recordar el señor A. mientras recorría el largo pasillo que llevaba a su habitación.
El mundo es un lugar enorme que cabe en un espacio muy reducido, se dijo el señor A. mientras entraba a oscuras en la habitación número 712. Todos los desiertos, prados y cordilleras; todas las ciudades, con su bullicio y sus rincones desolados; todos los océanos y playas y los bosques oscuros, llenos de olores, sonidos y colores singulares, todo cabe en el escaso hueco contenido en un cráneo. Lo leído, lo vivido y lo soñado; lo sabido y lo olvidado, todo se encuentra aquí dentro, pensó, y recordó que el número de neuronas de un cerebro humano es próximo al de estrellas que brillan en una galaxia como la nuestra. El mundo es enorme y su recuerdo cabe en un espacio muy pequeño, pensó el señor A., y pulsó el botón que abría la persiana metálica del ventanal de la habitación 712. Lentamente, la luz exterior fue colándose en todos los rincones del habitáculo hasta llenar también la mirada del señor A. Eran las tres y media de la madrugada, pero en el vasto desierto que se extendía ante sus ojos la arena brillaba con un extraño resplandor plomizo. Allí afuera sólo hay piedras y silencio, murmuró, y sonrió al pensar en la intuición del astrónomo que varios siglos atrás, antes de que nadie hubiese visto lo que él veía ahora, bautizó a aquel lugar como Mar de la Tranquilidad. Desde su ventana, el señor A. observó la densa oscuridad del cielo lunar y luego dirigió su mirada hacia la esfera azulada que flotaba en aquella negrura insondable. Desde aquí arriba la enormidad del mundo apenas parece nada, pensó el señor A., y contempló el resplandor plateado del sol sobre el océano Atlántico a través del velo de las nubes y el pardo contorno de los continentes en medio del azul profundo de los mares. Pudo ver la agrisada mancha que cubría la estepa rusa y el pellejo ocre de la península arábiga, el turquesa intenso del lago Baikal y la sombra verde que cubría el centro de África, y miró estupefacto la delicada belleza de la tormenta que cubría toda la mitad norte del continente europeo. Mirando a través del ventanal de la habitación del hotel lunar Selenia, el señor A. recordó cómo le gustaba dar vueltas y vueltas al globo terráqueo que su padre tenía sobre la mesa de su despacho y leer los nombres de ciudades, mares, ríos y cordilleras que por entonces eran para él simples puntos negros perdidos en una maraña de palabras sin significado. El mundo es un lugar diminuto suspendido en la inmensidad del vacío y sin embargo es todo lo que tenemos, pensó el señor A., y por primera vez en los últimos cincuenta años sintió que allí, en aquella esfera azulada, estaba el lugar en el que había transcurrido toda una vida viajando sin descanso, el lugar en el que había visto salir y ponerse el sol, amado y llorado, dormido y pasado noches en vela, el lugar en el vivían y vivieron todos aquellos a quienes quería, el lugar enorme y a la vez diminuto al que, desde aquel silencioso desierto de plomo, reconocía por primera vez como su hogar.



Àlex Bauzà, Hotel Selenia




 *   Hotel Selenia ha sido presentado en un concurso literario.
** Fotografía. Vista de la superficie lunar tomada por la misión espacial Apolo XVII.





jueves, 18 de noviembre de 2010

NATHANIEL HAWTHORNE



WAKEFIELD

[...] "Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez."[...]

"Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio."[...]

"En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso, los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo."
 



Nathaniel Hawthorne, Wakefield

viernes, 12 de noviembre de 2010

CUENTO SIN “U” CONTE SANS “U”


À Geneviève, pour tant de choses
À  Michel, parce que sans ses colis, mes retours auraient été beaucoup plus tristes.
À Serge, pour m'avoir appris à aimer le vin.
À Gisèle, pour son poulet aux fruits exotiques.
À tous, pour les moments d'amitié partagés.


   

EPÍLOGO                                                           ÉPILOGUE


Escribiendo sin “u”                                             En écrivant sans ”u”
puedo hablar                                                     je peux parler
hasta de mi cansancio,                                      même de ma fatigue,
de lo mío, del yo,                                              de ce qui est à moi, du moi,
de lo que tengo,                                                de ce que j’ai,
de lo que me pertenece…                                  de ce qui m’appartient…
Hasta puedo escribir de él,                                 Je peux même écrire de lui,
de ellos                                                            d’eux
y de los demás.                                                des autres.
Pero sin  “u”                                                     Mais sans " u "
no puedo hablar de ustedes,                              je ne peux pas parler de vous,
del tú,                                                              du toi,
de lo vuestro.                                                   de ce qui est à vous.
No puedo hablar de lo suyo,                              je ne peux pas parler de ce qui est à eux
de lo tuyo,                                                       de ce qui est à toi
ni siquiera de lo nuestro.                                   même pas de ce qui est à nous.
Así me pasa…                                                 Voilà ce qui m’arrive…
A veces pierdo la “u”…                                      Parfois je perds le “u”…
y dejo de poder hablarte,                                   et je ne peux plus te parler,
pensarte, amarte, decirte.                                 penser à toi, t’aimer, te dire.
Sin “u”, yo me quedo                                        Sans “u”, je reste
pero tú desapareces…                                     mais tu disparais…
Y sin poder nombrarte,                                     Et sans pouvoir te nommer,
¿cómo podría disfrutarte?                                comment pourrais-je te jouir?
Como en el cuento…                                       Comme dans le conte …
si tú no existes me condeno                             si tu n’existes pas, je me damne
a ver lo peor de mí mismo                                 à voir le pire de moi-même
reflejándose eternamente                                  se réflétant éternellement
en el mismo,                                                   dans le même
mismísimo,                                                     toujours le même
estúpido                                                          stupide
espejo.                                                            miroir.

Jorge Bucay. Cuentos para pensar.                Jorge Bucay. Contes pour réfléchir.







miércoles, 22 de septiembre de 2010

EDUARDO GALEANO


EL MURCIÉLAGO



El murciélago subió al cielo en busca de Dios. Le dijo:

_ Estoy harto de ser horroroso. Dame plumas de colores.
 _ No,- le contestó Dios.
_ Dame plumas, por favor, que me muero de frío.

A Dios no le había sobrado ninguna pluma.

_ Cada ave te dará una pluma - decidió.

Así obtuvo el murciélago la pluma blanca de la paloma y la verde del papagayo, la tornasolada pluma del colibrí y la rosada del flamenco, la roja del penacho del cardenal y la pluma azul de la espalda del martín pescador, la pluma de arcilla del ala del águila y la pluma del sol que arde en el pecho del tucán.

El murciélago, frondoso de colores y suavidades, paseaba entre la tierra y las nubes. Por donde iba, quedaba alegre el aire y las aves mudas de admiración. Dicen los pueblos zapotecas que el arcoíris nació del eco de su vuelo.

La vanidad le hinchó el pecho. Miraba con desdén y comentaba ofendiendo.

Se reunieron las aves. Juntas volaron hacia Dios.

_ El murciélago se burla de nosotras - se quejaron-. Y además, sentimos frío por las plumas que nos faltan.

Al día siguiente, cuando el murciélago agitó las alas en pleno vuelo, quedó súbitamente desnudo. Una lluvia de plumas cayó sobre la tierra.

Él anda buscándolas todavía. Ciego y feo, enemigo de la luz, vive escondido en las cuevas. Sale a perseguir las plumas perdidas cuando ha caído la noche; y vuela muy veloz, sin detenerse nunca, porque le da vergüenza que lo vean.




                                                   Eduardo Galeano.  Memorias de fuego (I). Los nacimientos.