Este nuevo año ha comenzado a buen ritmo, ya estamos a mediados de febrero y se han pasado las semanas en un santiamén, pero siempre hay historias, siempre hay recuentos, siempre hay zumbidos, alertas, sirenas que se acercan y se quedan.
Desde hace unos años, los primeros meses de cada año han sido terroríficos. La desolación era inmensa, no había manera de entender tantas confluencias. Este año, al leer uno de los artículos de Fernando, me he dado cuenta de que a él le estaba pasando algo parecido y también se quejaba de la fatalidad más descarnada; pero me he dado cuenta de que, el año pasado, el verano también nos dejó bailando, los estacazos no distinguen de estaciones.
Y así seguimos.
Seguimos, sí, sí , pero el cuerpo no se ha recuperado y, esta sensación de meneo continuo no se ha pasado.
Es como si el viento que arrecia contra los árboles, siempre encuentra uno que ya no puede aguantar más tantas envestidas y acaba doblegándose hasta quedar roto en el suelo. Sí, así, roto...
Sus raíces estaban más al aire, eran menos profundas, su tronco tenía heridas que nunca acabaron de cerrarse o vete tú a saber qué..., pero ahí queda roto, astillado. Y solo tendido en el suelo, su esplendor llama la atención, su inmensidad que, pocos días antes, se brindaba para el cielo y solo los pájaros de todos los colores la advertían, se admira con asombro y tristeza: un árbol derrotado es una batalla perdida en la inmensidad de la vida.
Se acercan días de recuerdos nunca olvidados, vivos; de ausencias; de suspiros prolongados... y así seguimos y así hemos llegado hechos un manojo de girasoles al sol encarados.

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