"EL SABER SE DEBE TANTO AL INGENIO COMO AL GUSTO."









lunes, 29 de octubre de 2012

CANCIONES, RÍOS Y POETAS

Al escuchar la canción, me vino a la memoria unos versos de Las Coplas, personal y emocionada elegía que Jorge Manrique, poeta del S. XV, compuso tras la muerte de su padre: Nuestras vidas son los ríos /que van a dar en la mar,…. Comparar la vida con un río cuyas aguas confluyen en el mar, es una metáfora frecuente en literatura y sin embargo, la canción me animó a pensar en que nuestras vidas son varios ríos por los que vamos transitando, navegando pero no corriente a bajo, sino que tenemos que ir cruzando a lo ancho y cada uno de ellos podía representar una de la etapas vitales del ser humano.
El primer río, el de la niñez, suele ser – por norma general y en estos lares- un río de aguas apacibles y no muy profundas y si pasamos por tramos peligrosos, contamos con la ayuda de las personas mayores que nos rodean, que nos sacan de los aprietos y  nos secan los remojones; y con algún ligero percance más, llegamos a la otra orilla.
Luego nos toca cruzar el río de la adolescencia; aquí las aguas suelen ser ya más bravas, y a pesar de las advertencias, en ocasiones, nos empeñamos en cruzarlo por donde las aguas son más impetuosas y fanfarronas, por lo que las zambullidas suelen ser frecuentes incluso más de lo que nos gustaría. Como con la experiencia, -dicen- se aprende, poco a poco empezamos a sentir en carne propia lo que significa la palabra responsabilidad, amistad, lealtad, compromiso, terquedad, orgullo, gratitud, amor, coscorrones, hipocresía…y así, a veces magullados, a veces inmaculados y en un periodo de tiempo relativamente breve, el río de la adolescencia queda atrás y se nos presenta, ahí delante, un río anchísimo, casi como un lago, casi como el mar del que desconocemos la profundidad y bravura de sus aguas. Lo miramos con cierta desconfianza y nos decimos que no tenemos prisa en atravesarlo, que la Juventud la queremos conservar. Sin embargo, la vida nos empuja a seguir, comienza la nueva singladura. Esta travesía en unas ocasiones la seguimos solos, en otras, buscarnos o nos cruzamos con un acompañante de viaje que puede llegar a ser hasta íntimo y nos brindarnos apoyo mutuo en los momentos desabridos o disfrutamos de las bonanzas y fortunas del recorrido, que también compartimos con los incondicionales que hemos ido encontrando y conservando de las travesías anteriores.

A medida que pasa el tiempo, vemos que la distancia que nos separa de la orilla de la juventud es  cada vez mayor: lo vamos sintiendo en el cuerpo y en el alma. Y aunque un día, damos fe sin rodeos de que ya nada es como antes, de que ya no somos los que éramos; seguimos sin tener prisa por llegar a la otra orilla; a pesar de que, por momentos, un viento recio se levanta y nos empuja inexorablemente hacia ella y por mucho que no queremos aceptarlo -el orgullo conserva sus brasas candentes todavía-, la otra orilla la tocamos ya casi, casi con la mano.
El tiempo que tardaremos en llegar al Leteo, al último río, de cuyo nombre no queríamos  acordarnos, está cada vez más próximo. Alguno de los nuestros lo alcanzó antes que nosotros y ya han hecho la travesía de sus frías aguas en la barca del olvido de Caronte, lo que les ha hecho irrecuperables, como también para nosotros llegará el día en el que dejaremos nuestras memorias en la ribera y solo el polvo enamorado se salvará de la ley severa, tal y como resuena en los ecos del soneto de Quevedo, Cerrar podrá mis ojos…
Así es la vida y así está escrita con las aguas de los muchos y particulares meandros de nuestros ríos que van todos a dar a la mar.

No hay comentarios: