"EL SABER SE DEBE TANTO AL INGENIO COMO AL GUSTO."









viernes, 25 de noviembre de 2016

ANTONIO MOLINAS -Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana



ANTONIO COLINAS
 (La Bañeza, León, en 1946)



Antonio Colinas es poeta, novelista, ensayista y traductor. Ejerció como lector de español en las universidades de Milán y Bérgamo y vivió dos décadas en Ibiza antes de fijar su residencia en Salamanca.

Sus primeras publicaciones son de 1969 y pertenecen al género lírico: Poemas de la tierra y de la sangre y Preludios a una noche total, aunque su poemario publicado en 2001, Junto al lago, fue escrito en 1967. En 1985 publicó su primera novela, Un año en el sur: Para una educación estética, que tuvo su continuación en Larga carta a Francesca.

Entre sus traducciones del italiano se encuentran la obra de Giacomo Leopardi y la poesía completa de Salvatore Quasimodo, ganador del Premio Nobel de Literatura. En prensa, han publicado sus colaboraciones diarios como El País, ABC y El Mundo, así como Revista de Occidente y Cuadernos Hispanoamericanos.

La obra de Colinas, a quien se suele incluir en el grupo de los Novísimos, presenta amplitud y relativa variedad, ya que ha publicado poesía, novela, ensayo y memorias. Trabajos que han sido merecedores, entre otros, del Premio Nacional de la Crítica (1975), el Premio Nacional de Literatura (1982), el Premio de las Letras de Castilla y León (1999) y el Premio Nacional de Traducción, concedido en 2005 por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia.


FE DE VIDA

    Esperar junto a este mar (en el que nacieron las ideas)
sin ninguna idea. (Y así tenerlas todas).
Ser sólo la brisa en la copa del pino grande,
el aroma del azahar, la noche de orquídeas
en las calas olvidadas.

    Sólo permanecer viendo el ave que pasa
y no regresa; quedar
esperando a que el cielo amarillo
arda y se limpie de relámpagos
que llegarán saltando de una isla a otra isla.
O contemplar la nube blanca
que, no siendo nada, parece ser feliz.
Quedar flotando y transcurriendo de aquí para allá,
sobre las olas que pasan,
como un remo perdido.
O seguir, como los delfines,
la dirección de un tiempo sentenciado.

    Ser como la hora de las barcas en las noches de enero,
que se adormecen entre narcisos y faros.
Dejadme, no con la luz del conocimiento
(que nació y se alzó de este mar),
sino simplemente con la luz de este mar.
O con sus muchas luces:
las de oro encendido y las de frío verdor.
o con la luz de todos los azules.

    Pero, sobre todo, dejadme con la luz blanca,
que es la que abrasa y derrota a los hombres heridos,
a los días tensos, a las ideas como cuchillos.
Ser como olivo o estanque.
Que alguien me tenga en su mano como a un puñado de sal.
O de luz.

    Cerrar los ojos en el silencio del aroma
para que el corazón —al fin— pueda ver.
Cerrar los ojos para que el amor crezca en mí.
Dejadme compartiendo el silencio
y la soledad de los porches,
la hospitalidad de las puertas abiertas; dejadme
con el plenilunio de los ruiseñores de junio,
que guardan el temblor del agua en las últimas fuentes.
Dejadme con la libertad que se pierde
en los labios de una mujer.

 Libro de la mansedumbre.


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